LOS TEXTOS NO DICEN LO QUE PASÓ EN LA PASIÓN
D. RAMOS (A)
Mt
26,14-27,66 Pasión
La exégesis ha obligado a cambiar de
mentalidad. Hoy sabemos que los evangelios no relatan sucesos, sino la
cristología de los seguidores de Jesús. Los evangelios no pretenden informarnos
de los hechos sino convencernos de que Jesús es el ‘Mesías’.
Con frecuencia se inventan los hechos
para facilitar la interpretación. Cada vez que leemos la frase “esto sucedió
para que se cumpliesen la Escrituras”, quiere decir: tuvo que pasar así porque
lo dice la Biblia. Si los cuatro evangelios se parecen tanto en la pasión se
debe a que el relato fue el primero del que todas las tradiciones participaron.
Con los datos que tenemos no podemos
pensar en una entrada triunfal. Si era política, no lo hubiera permitido Roma.
Si era religiosa, no lo hubiera permitido el Templo. No cabe duda de que algo
pasó, pero no debemos imaginarlo como un acto espectacular sino como un acto
profético de un pequeño grupo que llegaban en ambiente festivo.
Con relación a la muerte, seguir
hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos perdone es la
negación del Dios de Jesús. Esa manera de explicar el sentido de la muerte de
Jesús nos mete por un callejón sin salida. La muerte de Jesús, desvinculada de
su predicación y de su vida no tiene el más mínimo significado.
Tampoco fue el requisito para llegar a
la gloria. El domingo veíamos que la muerte no quita ni añade nada a la
verdadera Vida. Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. Jesús nos enseña
que amar como Dios ama, es más importante que conservar la vida biológica. No
murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que Dios es amor.
La muerte de Jesús no se puede separar
de su denuncia de la injusticia en nombre de Dios. Su cercanía a los excluidos
fue su mensaje fundamental. Esta actitud resultó inaguantable para los que solo
buscaban su interés y mantener sus privilegios.
No sabemos casi nada de las
circunstancias de la muerte de Jesús. En la Biblia no podemos encontrar nada
sobre Jesús porque su figura desborda absolutamente todo lo que pudieron pensar
de él antes de que apareciera con su novedosa predicación.
Hoy sabemos los motivos que llevaron a
los jefes religiosos y a Pilato a deshacerse de Jesús, y en ambos casos eran
motivos egoístas y pragmáticos. Ni el Sanedrín ni Pilato pensaban en otra cosa
que en liberarse de un ser humano muy peligroso.
Debemos descubrir la presencia de Dios
en nuestro sufrimiento, en nuestra misma muerte. No podemos seguir buscando
nuestra plenitud en el triunfo y en la gloria. Seguimos pensando que el dolor y
la muerte son incompatibles con Dios. Un Dios que no nos dé seguridades y
garantice la permanencia del yo, no nos interesa.
Una parte de nosotros está con los
dirigentes judíos y no quiere saber nada del dolor y de la muerte. Otra parte
de nosotros se siente atraída por ese hombre que viene a manifestar la
verdadera Vida. En el fondo de nosotros mismos, algo nos dice que Jesús tiene
razón, pero despegarnos de nuestro “yo” sigue siendo una meta inalcanzable.
Jesús no murió por nuestros pecados,
sino por nuestra imbecilidad. Pablo nos metió por ese callejón sin salida en el
que seguimos atollados. Como en el caso de otras interpretaciones, la culpa la
tiene un apego demasiado literal a la Escritura. Para un judío los sacrificios
en el templo eran la única manera de escapar a la ira de Dios.
Hacer de la muerte de Jesús el sacrificio definitivo a Dios era matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, se mantenía la exigencia por parte de Dios de la servidumbre. Por otra, se ponía a Jesús como el culmen de todas las aspiraciones del pueblo judío.